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TheSpirit

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El encargo.



Hace ya dos días que no salgo de casa. Aquí sigo, sola. Son ya cuarenta y ocho horas seguidas en las que no he pegado ojo intentando escribir alguna línea. Sobrevivo alimentándome de galletas de canela y bebiendo toneladas de cafeina. Café muy dulce, bien frío, casi siempre con hielo. Este verano estaba siendo especialmente caluroso y el calor no se me quitaba con nada. Desnuda, sentada frente al ordenador de vez en cuando aprovecho los hielos sobrantes del café y me paso un par de cubitos por las sienes, por la nuca, sentía algo de frescor, pero no demasiado. Haciendo circulítos por el pecho bajaba hasta las areolas que al instante se me contraían, los pezones respondían creciendo como chupetes helados. Me gusta esta visión. Me encanta verlos así. Pequeños garbanzos duros y oscuros. Lástima no llegar a ellos con mi propia boca. Aunque mis pechos tienen buen tamaño, sé que no llego hasta los pezones. Ya lo he intentado. Me encantaría, alguna vez, poder succionármelos mientras me masturbo. No puedo evitar entretenerme con los hielos ahí, hasta que al final, tanto frío me llega a hacer un poco de daño. Busco esa sensación de placer al límite del dolor de forma obsesiva. Me lo tengo que hacer mirar..., no debe ser normal. La humedad relativa del ambiente este verano en Madrid es tan alta que aún dentro de casa noto las gotitas de condensación resbalando por la piel, desde el canalíllo hasta el ombligo. El pubis se me derrite sobre el tapizado sintético de la silla, así que bajando un poco más la mano, hago que los cubitos acaben refrescando también mi clítoris. Si a estas alturas el hielo no está demasiado derretido acabo metiéndolo dentro del coño. Pero no siempre. Porque eso me pone muy cachonda y tengo que masturbarme cada vez. No puedo evitarlo. Luego no rindo con el trabajo. Estos orgasmos son bestiales. Tardo más en correrme porque el hielo, al principio, anestesia un poco. Pero el orgasmo llega potente y me deja un buen rato fuera de juego. Me supone un gasto energético importante. Es lógico que esté tan agotada y que no pueda trabajar. Normal que no avance con este engorroso encargo. Me siento pegada al asiento. ¿Eso se puede decir? Parece disonante. Siento y asiento en la misma frase. Sí. Es definitivo. Suena bastante regular , tirando a mal. Pues nada , lo borro. Estas sillas de polipiel son lo peor para el verano. Aún sin ropa como estaba podía sentir el fuego de la tarde ardiendo entre las piernas .

En la pantalla del ordenador, en la parte superior izquierda parpadea una raya vertical negra que con un latido intermitente e hipnótico, aparece y desaparece, esperando a que teclee de una vez, a que comience a escribir, esperando a que termine el dichoso encargo. Un relato erótico..., uffff..., es la primera vez que Luis, mi redactor jefe, me pide que escriba algo de este género. Debería ser fácil, me repetía de forma cansina a mí misma por ciento enésima vez... ¡Por Dios! Cinco años en la facultad de periodismo, doce años más corrigiendo galeradas como fija discontinua en la misma empresa, ¿ y no eres capaz de escribir una línea?. Eva María Gómez Marchena, céntrate, tenes 38 años, piensa, no puede ser tan dificil..., eres sexualmente activa, imaginativa, inteligente y lo suficientemente guapa como para que desde los dieciséis no te hayan faltado pretendientes para echar un polvo cada vez que te apetece... por no hablar de que te gusta todo tipo de fruta, los plátanos y las brevas..., fruta verde y madura. Qué más da. Alguna vez hasta algo pasadíta. Acuérdate. Has tenido en tu cama chicos y chicas, hombres y mujeres, algunos guapísimos, otros no tan guapos por supuesto, reconócelo. Te han besado y has besado, has lamido y te han lamido. Te han chupado desde la cabeza hasta los pies. Algunas veces hasta eso, has tenido amantes literalmente a tus pies. Que te encanta dominar, ya lo sabes. Material suficiente en tu memoria para escribir un libro sobre sexo y erotismo puro. Así como el turrón..., sexo blandito y sexo también del duro. Cabalgando el arcoíris has tenido orgasmos de todos lo colores, y a pesar de tanta experiencia, llevas ya dos días con una página en blanco frente a la vista, bloqueada, sin saber cómo empezar... por no tener no tienes ni el título... y lo malo es que faltan pocos días para que venza la fecha de entrega..., son 3000 € por un relato corto..., no está mal pagado. De hecho está muy, pero que muy bien pagado. Te hace falta ese dinero. Mejor dicho. Necesitas esos 3000. Maldita sea, déjate ya de historias y escribe, nena.

Tengo que dejar de beber tanto café... creo que estoy taquicárdica. Me parece que estoy empezando a hablar sola. Noto la espalda rígida..., mi nuca es de cartón-piedra..., qué bien me vendría un masaje..., necesito desconectar, darme una ducha. ¿Y si la llamo? Ella tiene manos de ángel y esta un poco colada por mí..., deberia llamarla..., seguro que ni se lo piensa..., le encanta jugar al juego de las prendas conmigo..., sólo de pensarlo noto cómo se me eriza la rubia pelusilla de los brazos..., ella sí que me tiene prendada... ella, un soplo de aire fresco en este caluroso verano. Tan joven. Tan guapa. Tan apetecible. Tan impetuosa. Irresistible. La conocí en el metro hace meses y desde entonces la meto en mi cama al menos dos veces a la semana. El resto de los días, casi siempre, los reparto entre Raúl y Andrés. Bomberos, residentes en la capital y compañeros en la misma central. Mis generosos amantes apaga-fuegos. Encantadores. Estoy muy quedada con los dos, sobre todo por Raúl, el más mayor y serio. Pero está casado. Y no se plantea dejar a su mujer. Yo tampoco quiero sentirme responsable de eso. No soy una rompehogares. No puedo prescindir de ninguno de los dos, en su conjunto son el hombre perfecto. A veces, a ella, la dejo que se quede a dormir. Sólo me permito esa licencia con ella. Me gusta dormir sola. En cuanto se despierta dejo que baje a desayunar a la altura de mi monte de Venus, es joven, vigorosa, derrocha energía y le gusta el alpinismo. Disfruta conquistando la cima de mis colinas, ¿qué puedo hacer yo?, desayunar también evidentemente, así que desayuno. A veces no necesariamente a la vez pero sí juntas, a veces si hay tiempo desayunamos dos veces, pero en cuanto acabamos la faena llamo a un taxi y la mando a su casa, o a la casa de quien ella quiera. Es tan guapa. Me dedico a recordarla el resto del día. Estoy en babia recreando su jugoso sexo depilado, no puedo dejar de saborearlo, no quiero parar de evocar su olor cuando se corre en mi boca. Salvaje. Sabe a espuma del Mar Cantábrico. Sabe a las vacaciones prohibidas del verano de mi adolescencia. Soy adicta a su sabor. Lo reconozco.


(continúa...).
 

TheSpirit

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En la editorial me preguntan que quién es él... Sonrío... Ni se lo imaginan, mi bisexualidad es solo tema mío. Entre gemidos y risas, la noche del día en el que la conocí, la muy ladina me confesó que la ponían, y cito textualmente, "rollo ejecutivas maduras, con gafas y aspecto de sabihondas", a poder ser rubias como yo, y que por eso, al entrar en el metro y verme, se puso a mi lado. A ella, en el vagón, no la vi primero. Lo primero que vi fue su culo. Un pantaloncito azul tejano, cachetero. De esos tan cortos que se ve medio trasero. Estaba de pie, de espaldas a mí y yo no podía dejar de mirar ese culete glorioso. No veía su cara pero por el atuendo y esa cinturita estrecha ya me parecia que era bastante joven. Delgadíta, con la carne prieta, ni gota de celulitis en esas piernas morenas y bien torneadas. Una pequeña diosa. Era alta. Tan alta como yo. Uno setenta como mínimo. Llevaba deportivas. Unas Nike blancas nuevecitas tipo tenis... Me la imaginé virgen, la verdad, no sé por qué. Últimamente me daba morbo pensar en montármelo con una virgen, así que será por eso. Aunque me daba apuro que el resto de los pasajeros del vagón notase mi lascivia, ese culo me tenía tan hechizada que, por un instante, el resto del mundo desapareció de mi vista... Sólo ella y yo. Bueno ella, la bien formada parte alta de sus bonitas piernas y yo, debería decir. Soy una purista del lenguaje. Tengo complejo de corrector. No eran horas para estar tan salida, pero últimamente también tengo la líbido disparada y no podía dejar de imaginarme cómo sería desnudarme, desnudarla y así como ella estaba, de espaldas, pegar mi cuerpo al suyo, notar su piel contra la mía, mi pubis adelantado a la altura de su deseable y duro trasero. Agarrarla firmemente por su efímera cintura, y desde atrás, acariciar su sexo que ya, de forma enfermiza, imaginaba henchido, pujante. Lentamente buscaría su botoncíto caliente para pellizcarlo con suavidad. Sin dejar de tocarla, oírla gemir. Pegar mi boca a su nuca, con mi lengua subir por su cuello para lamer los lóbulos de sus orejas, después arrodillarla entre mis piernas y pedirla que me enseñe la suya, que me enseñara su lengua. Y así como estaba yo, de pie, agarrada con las dos manos a la barra superior del metro ofrecerle mi sexo totalmente abierto. A estas alturas de mi película, casi podía oírla suplicar que no dejara de tocarla. Mi imaginación está desbocada. Me estaba sintiendo muy húmeda, notaba las braguitas mojadas, la respiración acelerada. Me estaba poniendo muy mala sólo de pensarlo. Sin dudarlo demasiado di un paso al frente aprovechando uno de los vaivenes del vagón. Me puse a escasos centímetros de su espalda. Podía oler el suavizante de su escueta camiseta de tirantes rosa. Estaba tan cerca que oía perfectamente la bachata que ella estaba escuchando en su mp-3, o mp-4 ,o mp-5, la verdad, me da igual, que ya no sé por qué número va el invento. Ella, distraída y ajena a la pasión que provocaba en mi persona, cambiaba el peso de su cuerpo de una pierna a otra. En una cadencia lenta y creo que estudiada movía las caderas. Quise imaginarme que bailaba solo para mí. Luego, riéndose, me contó que justamente eso hacía, bailar para mí. Hay que ver cómo van las jóvenes ahora. Yo, de jovencita era demasiado clásica par vestir así, y ahora ya no tengo edad para ir tan corta. Me gusta la elegancia, los tacones, las marcas caras y los trajes de falda y chaqueta para mí, pero me enciende cómo va ella. Aunque sea sólo por desearla de esta manera me estaba empezando a sentir un poco acosadora. No pensaba avanzar más. Quizá más tarde, a solas, buscaría mi orgasmo recordando su piel tostada, recreando su camiseta rosa de Zara y ese olor penetrante a flores azules. Es demasiado joven para ti, me decía mi conciencia. Saboreando, aspiré golosa su esencia. Cerré con fuerzas las piernas, apretando mucho los muslos. Notaba arder mi bajo vientre. Pequeños espasmos me subían por la columna lumbar. Menos mal que íba bien agarrada a la barra central, a intervalos me temblaban un poco las piernas. No pude evitar visualizarme ya tocándome. Me pregunto si los demás estarían notando lo excitada que iba. Recuerdo mi pensamiento: "Espero que nadie se esté percatando de lo turbada que me siento". Supuse que tocarla debía de ser como meter la mano en una bolsa de algodones de colores. Parecía tan suave... Buscaré un baño en cuanto salga, suspiré... Menos mal que siempre llevo toalitas higiénicas en el bolso. Cerré un instante los ojos y me mordi lentamente las comisuras de la boca. Después, cuando saliera del metro, tendría que pintarme los labios de nuevo, lo anoté mentalmente. Y también quitarme esas bragas empapadas. Pensaría en ella, en el aroma de su pelo corto, su aspecto era brillante, sedoso, de ese color que la limpia lluvia de invierno otorga a las castañas mojadas. Y entonces sucedió. Así, sin más. El tren se paró repentinamente al entrar en el túnel dejándonos a oscuras. En un milisegundo, en la más absoluta de las negruras, noté cómo ella se volvía. A tientas me agarraba la mano para sorpresa y deleite mío, y soltándomela al instante, como avergonzada por el impulso, quitándose los cascos de un tirón me habló —Perdona, ¿crees que tardarará en arrancar? Ojalá no arranque nunca pensé al percibir el miedo que destilaba su pregunta. Pero le dije que tranquila, que seguro que muy poco. Ese día debían estar los astros de mi parte porque no sólo no arrancó pronto, sino que era una avería, y que iba para largo, eso dijeron por la megafonía. Y así acabe a oscuras tocando su brazo, para tranquilizarla. Por las dudas y para distraerla entré en conversación. En la absoluta oscuridad del túnel me contó que se llamaba Raquel, pero que todos desde siempre, la llamaban Rac, que estudiaba segundo de fisioterapia, que en su tiempo libre, para sacarse unos euritos, eso dijo, si no estaba de exámenes se dedicaba a poner música en fiestas privadas, y atropellada, como de pasada, me comentó que el otro día había cumplido los veintitrés. Me explicó que desde siempre sentía pánico irracional a la oscuridad, pero que sólo le daba miedo si estaba a solas, que gracias a mi presencia se le estaba empezando a pasar. Para demostrarme que estaba asustada de verdad, me agarró la mano derecha y me pidió que abriese la palma. Con esa ambigua inocencia que saben rezumar las veinteañeras la colocó a la altura de su corazón para que sintiese la velocidad a la que le latía. —¿ Lo notas? Eso terminó de volverme un poco loca. Tragué saliva. Raquel gastaba más talla de pecho que yo. Claro que lo notaba, ¿cómo no iba a notarlo? A la palpación forzosa deduje que una cien. A duras penas la fina camisetita que llevaba podía tapar tanto con tan poco tejido. No llevaba sujetador. Ni falta que le hacía. Además, en una primera impresión para sorpresa mía, supuse que como minimo le gustaba que se las tocase. Percibí su disfrute. No sólo no apartó mi mano de sus senos, sino que se recreó haciendo presión con sus dos manos sobre la mía, para que yo no la retirase. Primero el pecho izquierdo lentamente, y luego, más lenta y más firmemente, el pecho derecho. La oí gemir muy bajito. De manera aparentemente casual, me estaba provocando con todo el descaro del mundo. Me tenía fascinada... No salía de mi asombro. No podía creerme la suerte mía. Deseé besarla, agarrar su nuca con las dos manos, conquistar con mi lengua su boca, pasear despacio por sus dientes y respirar muy lentamente el aire de sus pulmones, quería todo eso, lo quería ya, pero quería ver bien su cara cuando la besase por primera vez. Así que a duras penas conseguí contenerme, pero lo hice. Es la primera vez que me alegro de mi bien merecida fama de obsesa del control. Las luces de emergencia aún no se habían encendido. ¿Por qué no se encendían? Pensaba que eso era inmediato. Me moría de ganas por verla de frente. Escuchaba sin llegar a oír las voces incrédulas, algo tensas, del resto de los pasajeros. No veía nada. Notaba que la gente empezaba a moverse inquieta alrededor mío. Me daba un poco igual. Yo ya estaba a tope. Ella era erotismo puro. Sentía su agitada respiración a un centímetro de mi boca, su aliento olía a chicle de fresas. Casi rozaba sus labios con mis labios. Podía intuir su sonrisa. Percibir crecer sus pezones a través de la camiseta me estaba pareciendo un sueño. No quería despertar, no podía dejar de tocar esos dos volúmenes insolentes que captaban toda mi atención, que me tenían atrapada como un potente imán. Pero la cordura, como siempre, trataba de imponerse a mi deseo. Con la mano libre saque el móvil del bolso para encender linterna, igual que ya habían empezado a hacer todos los demás. Preciosa. Preciosa. Preciosa. Por suerte aparentaba los ventitrés para mi alivio. Sonrisa bonita y amplia. Cara redondita salpicada de pequeñas e irregulares pecas doradas, nada de maquillaje, flequillo desordenado. Para comérsela enterita, sus ojazos dulces me recordaron a un postre de restaurante de lujo, de esos verdaderamente caros. Soy una golosa, qué se le va a hacer, hasta ahora a el azúcar es a lo único a lo que de verdad siempre he conseguido ser fiel. A todas luces, ella es una pequeña-gran promesa de almendras y de miel. —¿Qué haces? —me dijo en un cómplice susurro. —Apaga... por favor, apaga... y claro... yo apagué. Y voy a apagar ahora mismo este odioso ordenador, voy a llamarla para que venga, esta visto que hoy tampoco se me ocurre nada. No sirvo para escribir un relato erótico. Maldita sea. Maldito encargo.
 
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