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Aicha, la morita

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El Maera

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14 Feb 2015
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1.- Memorias de África.

Durante dos años viví en una ciudad de soberanía española en el norte de África. Fue mi primer destino profesional. Junto a dos compañeros de mi mismo empleo y mi misma edad, alquilé un piso muy barato en el mejor barrio de la ciudad. Nuestro objetivo era tener un picadero para llevar a nuestros futuros ligues, y vivir con libertad y sin las rigideces de la residencia militar.

Luego resultó que no ligábamos nada y los fines de semana nos aburríamos como monos. Al final nos cogíamos unas cogorzas monumentales a base de gintonics de Befeater en el salón de casa, mientras cantábamos todo el cancionero obsceno y cuartelero que nos sabíamos. Al fondo, en la televisión había una película porno que no veíamos.

Como las tareas domésticas nos daban igual, pronto la casa se volvió una pocilga. Decenas de platos sucios se agolpaban en el fregadero de la cocina, en el cuarto de baño había más pelos que en una barbería, y en cualquier parte te podías encontrar unos calzoncillos sucios.

Había que hacer algo. Había que contratar servicio doméstico. Había que buscar a alguien que ordenase y limpiase aquello, y se ocupara de hacer las labores domésticas. Y así fue como apareció Aicha en nuestra vida.
 
2.- Llena de vida.

Fue Pedro quien se encargó de contratar a la asistenta. Se llamaba Aicha, que en árabe quiere decir llena de vida. Era una chica marroquí de 19 años. Aicha tenía unos ojos muy negros y muy grandes, muy profundos. Era chata, casi no tenía nariz. El conjunto de su rostro era dulce. Era bajita y de patita gruesa. No estaba gorda, pero tenía dos tetas grandes y caderas marcadas. Bajita, tetuda y culona, podíamos decir.

Yo, que iba de exquisito por la vida, a primera vista no me gustó. Ella siempre saludaba sonriente, yo siempre la trataba de usted, para marcar distancias. Y utilizaba ese tono frío y distante que siempre había visto en casa para tratar a las criadas. Yo por aquél entonces era muy joven y bastante idiota.

Aicha venía a casa de lunes a viernes, de nueve de la mañana a cinco de la tarde, por un salario ridículo. Pronto dejó la casa como los chorros del oro. Vestía en plan occidental, pero siempre con el pañuelito en la cabeza, eso sí. En esos momentos, no sabía yo lo importante que iba a ser en nuestras vidas aquella personita que silenciosamente, se afanaba en limpiar toda la mierda que tres jovenzuelos impresentables íbamos dejando por la casa.
 
3.- Cambio de guardia.

Me lo dijo Pedro inmediatamente después del cambio de guardia. Yo salía y él entraba.

—¿Te vas a ahora a casa?
—Sí.
—Pues que sepas que Aicha se deja dar por el culo.
—¡Coño!
—No. Por el coño no se deja. Pero por el culo sí. La chupa regular, pero por el culo le entra con total facilidad.
—Así que te estás zumbando a Aicha...
—Sí, desde hace veinte días. El coño no se le puede ni tocar porque dice que ya tiene concertada su boda con un moro y tiene que llegar virgen al matrimonio, pero por el culo lo que quieras.
—Ya. Pero tú eres un guaperas. Que te deje hacerlo a tí, no quiere decir que me deje a mí.
—Tú inténtalo. Yo creo que traga.

Y tragó.
 
4.- Solos en casa.

Como estaba saliente de guardia, iba a estar sólo en casa con Aicha toda la mañana. Y entre que Pedro me había calentado la cabeza, y llevaba sin meter mucho tiempo, llegué a casa decidido a asaltar a Aicha, que en ese momento estaba metiendo ropa sucia en la lavadora. Llegué por detrás y le di un azote en el culo con todas mis fuerzas.

—¡Ay, me ha hecho usted daño!
—Me gusta tu culo, Aicha —dije yo mientras le soltaba otro azote en la otra cacha.
—Déjeme tranquila, que tengo que trabajar...

En ese momento le agarré firmemente de la cintura.

—¿Qué? Pedro ya le ha contado lo que hacemos ¿verdad?
—Sí. Él me lo ha contado.
—Está bien, pero sólo por el culo. Por el coño no, que soy virgen y me tengo que casar virgen.

Al minuto siguiente estaba Aicha desnuda a cuatro patas en la cama de mi habitación. La única prenda que llevaba era el jiyab que le cubría el pelo. De un sólo empujón hundí mi tranca en su culo. Entró con total facilidad, chocando mis huevos con su periné. Aicha rubricó la enculada con un grito ronco de satisfacción.

—Ahora dame fuerte.

Y le di todo lo fuerte que pude, hasta que empezó a temblar como un flan. Se corría por el culo y sin tocarse el coño con total facilidad. También exploté yo al poco tiempo.

Aquella mañana no dejé hacer nada a Aicha, le di por el culo otras dos veces más. Observé que después de las enculadas no iba a limpiarse.

—Me gusta tener la leche dentro.

Y le pregunté por muchas cosas de su vida. Había tomado por el culo por primera vez con trece años. Llevaba seis practicando. Quien la enculó por vez primera fue su hermano mayor.
Para ella, tomar por el culo no suponía una infidelidad hacia su novio (que estaba trabajando en Francia) era un juego placentero que le encantaba. Cuanto más fuerte, mejor. Ser infiel era dar el coño a otro, pero el culo se lo daba a quien se lo pidiera. Aicha era maravillosa, nunca se negaba. Era muy sumisa, un cielo. Eso sí, en cuanto intentabas tocar su coño, te quitaba la mano de un manotazo...

Aquella noche, cenando, informé a Javi de las habilidades de Aicha.

—Su culo caliente me tiene loco —le dije.
 
5.- Barra libre.

Un día llegué a casa a primera hora de la tarde, decidido a follar a mi morita.

—No, hoy no. El señorito Pedro me ha follado una vez esta mañana. Y el señorito Javi dos veces. Y Javi la tiene muy gorda. Me ha reventado. Hoy no puedo más.
—¡Qué mala eres Aicha! A ellos se lo has dado y a mí no me lo quieres dar. ¡Qué injusticia!
—Bueeeeeno, vamos.

Aquella vez Aicha aulló como una loca. Cuanto más le dolía, con más intensidad se corría. Dijo:

—Hoy ha sido una maravilla. Me habéis enculado los tres.

—Ya que te follamos los tres, ¿te importaría venir una tarde y te lo hacemos a la vez?
—Encantada.

Y a partir de entonces comenzaron las sesiones de sexo anal a tres bandas, en el salón. Javi era bajito y ancho de espaldas. Su polla era corta pero muy gruesa. Le recuerdo enculando a Aicha en el sofá del salón, mientras Aicha aferraba sus manitas gordezuelas a un cojín mientras deliraba de dolor y placer. Acto seguido, Pedro se la metía por la boca. Recuerdo meter la polla en un agujero dado de sí, lubricado por el semen de mis amigos. Aicha era una hurí que brillaba resplandeciente entre sus tres machos empotradores, desnudita con su pañuelito en la cabeza.

Pero el polvo que más me gustaba a mí, era uno que échabamos solos ella y yo, cuando yo me acababa de despertar. La tumbaba en la mesita de la cocina y la empalaba brutalmente, con sus patitas mirando al techo. Una vez la vi llorar de alegría y hasta me dio las gracias.

Aquella felicidad duró hasta que me cambiaron de destino y volví a la península. Nunca más volví a ver a Aicha, ni saber nada de ella. Supongo que se casaría con su novio y se iría a vivir a Francia, como tenía proyectado. Ahora estará gorda y hasta tendrá nietos. Pero recuerdo a mi morita con mucha añoranza. Tengo un recuerdo muy dulce y entrañable de ella. Y de aquellos tiempos me viene mi obsesión por el sexo anal. Práctica divina que he buscado obstinadamente con todas las hembras con las que he estado después.

Aicha estaba llena de vida...
 
6.- Post escriptum.

Para terminar, no me puedo olvidar de las tetazas de Aicha. Me gustaba ver a través del espejo que había en el armario de mi habitación, como sus tetas se bamboleaban al mismo compás que las enculadas. Y aquellas caderas pronunciadas a ambos lados de mi polla. Aquel llegar hasta el fondo desde la primera embestida, aquel calor que desprendía su agujerito después de aquellas folladas frenéticas. Y su olor. Aicha olía a canela.

Recuerdo una visita de sus padres a casa. Muy agradecidos por la subida de sueldo que habíamos concedido a su hija. Y por lo bien que la cuidabamos y lo contenta que venía a trabajar. Si ellos supieran... a lo mejor hasta lo sabían. Y punto final.
 
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