1.- Memorias de África.
Durante dos años viví en una ciudad de soberanía española en el norte de África. Fue mi primer destino profesional. Junto a dos compañeros de mi mismo empleo y mi misma edad, alquilé un piso muy barato en el mejor barrio de la ciudad. Nuestro objetivo era tener un picadero para llevar a nuestros futuros ligues, y vivir con libertad y sin las rigideces de la residencia militar.
Luego resultó que no ligábamos nada y los fines de semana nos aburríamos como monos. Al final nos cogíamos unas cogorzas monumentales a base de gintonics de Befeater en el salón de casa, mientras cantábamos todo el cancionero obsceno y cuartelero que nos sabíamos. Al fondo, en la televisión había una película porno que no veíamos.
Como las tareas domésticas nos daban igual, pronto la casa se volvió una pocilga. Decenas de platos sucios se agolpaban en el fregadero de la cocina, en el cuarto de baño había más pelos que en una barbería, y en cualquier parte te podías encontrar unos calzoncillos sucios.
Había que hacer algo. Había que contratar servicio doméstico. Había que buscar a alguien que ordenase y limpiase aquello, y se ocupara de hacer las labores domésticas. Y así fue como apareció Aicha en nuestra vida.
Durante dos años viví en una ciudad de soberanía española en el norte de África. Fue mi primer destino profesional. Junto a dos compañeros de mi mismo empleo y mi misma edad, alquilé un piso muy barato en el mejor barrio de la ciudad. Nuestro objetivo era tener un picadero para llevar a nuestros futuros ligues, y vivir con libertad y sin las rigideces de la residencia militar.
Luego resultó que no ligábamos nada y los fines de semana nos aburríamos como monos. Al final nos cogíamos unas cogorzas monumentales a base de gintonics de Befeater en el salón de casa, mientras cantábamos todo el cancionero obsceno y cuartelero que nos sabíamos. Al fondo, en la televisión había una película porno que no veíamos.
Como las tareas domésticas nos daban igual, pronto la casa se volvió una pocilga. Decenas de platos sucios se agolpaban en el fregadero de la cocina, en el cuarto de baño había más pelos que en una barbería, y en cualquier parte te podías encontrar unos calzoncillos sucios.
Había que hacer algo. Había que contratar servicio doméstico. Había que buscar a alguien que ordenase y limpiase aquello, y se ocupara de hacer las labores domésticas. Y así fue como apareció Aicha en nuestra vida.
