Amanda. Un nombre de tres sílabas que ahora, cada vez que lo pronuncio, siento cómo resbala por mi lengua como el sabor de algo prohibido y dulce al mismo tiempo.
La primera vez que nuestras miradas se cruzaron, supe que estaba perdido. No de esa manera trágica, melodramática que anuncian las novelas, sino de una forma más peligrosa, más íntima. Era como caer en un sueño del que no quieres despertar.
Amanda se tumba en la toalla, tendida al sol junto al borde de la lámina de agua de la piscina y el mundo entero debería advertirse. Su piel, de un blanco casi irreal, de esa leche que nunca ha conocido el tacto directo del sol, emite una luz propia. He visto hombres entrecerrar los ojos al pasar junto a ella, no por el reflejo, sino por esa irradiación que parece venir de dentro, de algún lugar donde guarda el fuego que la alimenta. Si ella fuera un astro, vendrían con gafas especiales a contemplarla. Yo lo hago con los párpados entornados, saboreando el dulce dolor de mirar algo demasiado brillante.
Pero Amanda no es solo lo que ves. Es lo que sientes cuando el tiempo decide detenerse.
La primera vez que sus labios carnosos, visibles, obscenamente hermosos, se posaron en mi piel, comprendí que había estado viviendo en blanco y negro hasta ese momento. Ella no besa, ella devora con una delicadeza que te desarma. Su lengua, siempre salivada, siempre húmeda, recorre cada centímetro como quien lee un mapa sagrado. No hay prisa en Amanda. El tiempo es su aliado, no su enemigo. Cada exhalación suya es una eternidad suspendida. Cada gemido que arranca de mi garganta es un acuerdo tácito de que nada volverá a ser igual.
No le importan los rincones oscuros ni las cúspides prominentes. Para ella, todo mi cuerpo es territorio por descubrir, por reclamar. Sus labios se adentran en las cavidades más íntimas, en esos lugares donde la luz del sol nunca ha llegado, y allí, en esa oscuridad, encuentran su hogar. La blancura lechosa de su piel contrasta con el calor que emana, con el fuego que lleva dentro.
Cuando estoy con ella, el mundo se reduce a la punta de sus dedos, al rastro que deja su aliento en mi cuello, a la forma en que sus ojos se cierran cuando disfruta, porque Amanda disfruta. No finge, no actúa. Ella saborea cada momento con una intensidad que me hace sentir vivo, completamente vivo, como si antes de ella hubiera estado solo esbozando mi existencia.
En la hierba del césped, cuando se tiende bajo el sol, su silueta dibuja una promesa de pecado y redención. Los hombres la miran, sí, pero pocos se atreven a acercarse. Hay algo en ella que advierte: “aquí hay fuego que quema, pero también luz que ciega”. Y es cierto. Amanda no es solo carne deseable, es alma desnuda. Es la combinación letal de lo que el cuerpo anhela y lo que el espíritu necesita.
Cuando se entrega, lo hace por completo. No guarda nada. Su corazón, cuando lo ofrece, viene envuelto en la misma intensidad con la que besa, con la que toca, con la que hace el amor. Y entonces entiendes que ser amado por Amanda es tocar la fortuna con las manos desnudas. Es arriesgarse a quemarse porque el calor vale cada cicatriz.
Las veces que me he podido permitir que ella pase la noche junto a mi lado, la observo. Su pecho se eleva y cae con esa calma que solo tienen quienes saben quiénes son. Pienso en todos los que la han deseado desde la distancia, protegiendo sus retinas, y sonrío porque yo estoy aquí, en la intimidad de su soledad, en el centro de su tormenta y su calma.
Amanda es ese lugar donde pierdes la cabeza y, paradójicamente, te reencuentras. Es el eclipse que no debes mirar directamente, pero del que no puedes apartar la vista. Es la advertencia ignorada que nunca te arrepientes de haber desobedecido.
Y cuando sus labios vuelven a encontrar los míos, cuando su lengua vuelve a ese recorrido infinito y salivado, cuando el tiempo vuelve a detenerse en el espacio entre su respiración y la mía, sé que no hay vuelta atrás.
No la quiero.
La necesito.