Debo comenzar esta experiencia agradeciendo a
@Castellano su aportación en privado. Tras una interesante conversación con él, me recomendó algunas usuarias con las que compartir agradables momentos.
Sobre Ana, poco puedo añadir salvo mi experiencia en primera persona.
Ella es una atractiva señorita de menos de treinta años, de estatura menuda, sobre el metro sesenta y cinco, y una delgada silueta femenina con esas curvas que la convierten en una elección excepcional. Todo ello combinado con su alto nivel cultural, su más que buena presencia, su saber estar, y esa mirada cómplice y complaciente que anticipa el juego.
Castellano me recomendó algunas cosas respecto a Ana. Él era conocedor de su más que próxima llegada a Madrid, cuando vi el mensaje de disponibilidad no lo dudé ni un segundo. Me puse manos a la obra para acordar los términos de nuestro encuentro, siguiendo sus indicaciones: una cita casual, como si quedases con tu novia. Le propuse ir a cenar y luego a un cine, para terminar donde fuera menester. Sin agobios. Tan solo el importe de mi capricho.
Quedamos para cenar en un restaurante de mi elección en la zona de Pozuelo de Alarcón. Cuando el servicio de taxi me confirmó que la señorita estaba en camino, comencé a sudar de la emoción, quizás también por el calor de la capital del reino.
La recogí en la puerta de unos conocidos cines de la población, con franquicias de restauración cercanas. Ana llegó con un vestido corto y muy elegante, un bolso pequeño a juego, unas zapatillas tipo tenis de color blanco, y esos ojos verdes que iluminaban el cielo.
La velada transcurrió con total normalidad. De hecho, si no la hubiera conocido por las características del foro, jamás habría imaginado su ocupación. Hay chicas cuyo comportamiento chabacano roza la descortesía; Ana, en cambio, roza la pulcritud. Muchas risas, mucha complicidad, y esos momentos de provocación en los que el pie desnudo de Ana rozaba mi pierna en situaciones comprometidas. Su rostro casi adolescente y su mirada esquiva provocaban una tensión tal que, levantarse de la mesa no estaba aconsejado.
Tanto es así que casi llegamos tarde a la sesión cinematográfica. Había sido previsor: tenía las entradas con la fila más alejada de la pantalla, lejos de miradas fugaces. Afortunadamente, solo había otras dos parejas en la sala, bastante lejos de nosotros.
Ana me dejó elegir el género. No escogí ni drama ni comedia: elegí la película con las peores reseñas que encontré. El motivo de ir al cine no era la película, sino la compañía. Buscaba su aburrimiento, y tuve rápida respuesta. Ana comenzó a juguetear con sus dedos diabólicos: primero acariciando mi cuello, el lóbulo de mi oreja, luego bajando por la zona abotonada de mi camisa hasta el vello de mi pecho. Sin disimulo alguno, me robó un beso.
Ahí comenzó la verdadera película.
Nos devoramos a besos como dos adolescentes sin un plan mejor. Cuando pensaba que eso acabaría, como mucho, con una estimulación manual, me equivoqué. Ana se levantó y se sentó sobre mis piernas para continuar con los b. apasionados. Al compás de sus movimientos, rozaba su s. contra la bragueta entreabierta de mi pantalón. Con habilidad, terminó de dejarla abierta, y el roce de mi ropa interior contra la suya me permitió notar el calor y la humedad de su pubis. Me excitaba cada vez más.
Tanto es así que Ana tuvo que taparme la boca: no pude contenerme y acabé estallando, vaciándome en mi noble ropa interior, poniendo de paso el pantalón beige de lino que llevaba perdido. No había pañuelos suficientes para limpiar aquella fechoría. Mientras, su sonrisa lo decía todo, acompañada de una suave brisa junto a mi oído que me invitaba a salir de la sala. Creo que, sin pretenderlo, ofrecimos a las otras dos parejas una versión más excitante de la sesión que habían previsto. Desde luego, no parecieron darse por aludidos.
Ya en mi coche, le propuse a Ana ir a un lugar discreto, oscuro, a la luz de la noche. Con una respuesta muy madrileña que, me hizo cuestionarme si esta chica lleva en España toda la vida o se adapta demasiado bien. Me instó a ir a mi casa, o a buscar otro lugar con aseo y colchón.
Accedió a mi casa: estábamos a apenas quince minutos. Cuando llegamos, ya en la discreción del hogar, seguimos con esos b. apasionados, desnudándonos como en las películas de horario adulto. Yo habría ido del tirón a la cama, pero Ana se metió en mi vida, en mi casa y en mi ducha como si este encuentro fugaz hubiera sido mucho más cotidiano, parecía conocer mi casa, con esa naturalidad que aportan las personas sin complejos ni prejuicios.
Ya aseados, duchados y con tan solo una toalla sin glamour, acabamos en mi cama.
Allí desplegó la versión más prohibida y desinhibida, si es que le quedaba algo por mostrar. Sus caricias alternaban cualquier elemento personal: su cabello, su lengua, sus dedos. Me tocaba con lo que fuera, y un gemido ahogado brotaba de mi garganta.
No la dejé llevarme hasta el final. Con la excitación del cine y la que tenía encima, quería sentirme dentro de ella. En ese momento desoí la recomendación de intentar estar lo más cercano posible, sin barreras, y casi estropeo una cita maravillosa. Es un tema serio para ella: le cambia la cara. Por cierto, está guapa hasta enfadada, pero no conviene provocar esa reacción.
Como podéis imaginar, sentirme dentro de ella, cuatro movimientos pélvicos, y no pude contenerme ni un segundo más. La explosión de placer fue aún mayor que la del cine. Si bien ella parecía querer más, en realidad, buscaba también su propia satisfacción la alcanzó a los pocos minutos en un roce externo. Quedé exhausto del todo, sin fuerzas para mantenerme erecto.
La cita se extendió más de dos horas de lo primero acordado. Sin problema alguno por ambas partes, pude abonar con medios bancarios el resto.
Entre cena, cine y la experiencia de estar con ella, se me fueron más de mil euros. Pero volveré a quedar con ella, sin duda.
Esta chica no es lo que pide: es lo que vale.