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Entre lo permitido y lo sentido

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Sandra88xx

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Llevo tiempo dudando si publicar esto o no. Escribo desde siempre, por necesidad más que por costumbre, y en mi blog he compartido muchas cosas… pero nunca algo tan personal como esto.

No sé si llamarlo relato, confesión o simplemente un intento de poner en palabras algo que aún no entiendo del todo. Puede que sea ficción, o quizás no del todo. Lo dejo a la interpretación de quien lea. Solo diré que, a veces, la realidad sabe disfrazarse muy bien de historia.

❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️

Nunca pensé que llegaría el momento en que una cita rutinaria me descolocara tanto. No llevo mucho tiempo en este trabajo, apenas unos meses. Y aunque creía tener claro lo que significaba, lo que debía sentir y lo que no, pronto comprendí que las emociones no entienden de reglas. Con él, las fronteras se difuminaron desde el primer instante.

Lo conocí una tarde lluviosa, en un hotel discreto del centro. Venía con ese aire tranquilo de quien no busca impresionar, solo compañía sin pretensiones. Hablaba con una calma que a veces parecía una caricia. No intentó seducirme con palabras vacías, ni llenar los huecos con promesas. Simplemente me escuchó. Hablamos de cine, de libros, de las ciudades que ambos soñábamos visitar. Cuando sonrió por primera vez, noté algo distinto: no era un gesto de deseo, sino de complicidad.

Las siguientes semanas me pidió vernos de nuevo. Siempre en los mismos lugares, siempre con esa cortesía suya que me descolocaba. Nunca hubo prisa, nunca una intención explícita. A veces solo paseábamos por Madrid, entre el murmullo de las terrazas y el humo del café. Y aunque todo debía ser estrictamente profesional, empecé a descubrir que lo esperaba con una impaciencia que me asustaba.

Sus gestos eran sutiles, pero cargados de algo que no sabía nombrar. Cuando me apartaba un mechón del cabello o me miraba de esa forma en la que parece que alguien intenta grabarte en la memoria, sentía cómo mis defensas temblaban. Una noche, mientras hablábamos en el coche, me dijo:
—No sé por qué me resulta tan fácil olvidar por un rato todo cuando estoy contigo.
Esa frase me desarmó más que cualquier mirada. No era una declaración, pero tampoco era neutral. Desde entonces, su voz comenzó a quedarse conmigo incluso después de que la puerta se cerraba.

Luché contra la tentación de darle un significado que no debía tener. Me repetí que era solo un cliente, que confundía atención con afecto, cercanía con cariño. Pero su forma de mirarme hacía tambalear cada frontera que intentaba imponerme. Había algo en su silencio, en cómo me preguntaba por cosas pequeñas —si dormía bien, si había comido, si tenía frío— que me hacía sentir vista, no solo observada.

Un día, mientras caminábamos por El Retiro, me dijo algo que cambió todo:
—¿Sabes? A veces creo que si te hubiera conocido en otro contexto, las cosas serían diferentes.
Reí con torpeza, intentando desviar el peso de sus palabras. Pero mi risa sonó frágil, casi como un suspiro. Desde entonces, su frase empezó a perseguirme.

Por primera vez en mucho tiempo, no sabía de qué lado colocar mis sentimientos. ¿Debía recordarle que esto era un trabajo, que ninguno de los dos podía cruzar esa línea? ¿O debía admitir que había algo más humano, más real, latiendo entre nosotros? Me debatía entre protegerme y rendirme a la posibilidad de sentir algo verdadero.

Esa duda se volvió un refugio y al mismo tiempo una herida. Porque amar, o siquiera permitirlo, en mi mundo tiene consecuencias. No hay lugar para el romanticismo cuando la empatía puede ser interpretada como debilidad, cuando el corazón puede volverse un arma en tu contra.

A veces me sorprendo imaginando cómo sería simplemente dejar que pase. Ver hasta dónde puede llegar algo que nació en la frontera de lo permitido. Pero otras veces me recuerdo que quizá lo que nos une precisamente es eso: la imposibilidad. Que lo nuestro solo puede existir en ese espacio incierto, entre el deseo contenido y la ternura que no se confiesa.

No sé qué decidiré. Tal vez seguiré fingiendo que no siento nada. Tal vez, un día, me canse de fingir. Pero mientras tanto... cuando su mensaje aparece en la pantalla de mi teléfono, no puedo evitar sonreír. Y ahí, en ese gesto tan pequeño, sé que ya he perdido un poco de esa guerra entre lo profesional y lo que mi alma, en silencio, ha empezado a sentir.

Hoy nos vimos de nuevo. Era una cita improvisada, fuera del horario habitual y sin ningún motivo aparente. Me escribió por la mañana: *“¿Tienes tiempo hoy para un café? Solo para charlar.”* Dudé en responder. Sabía que aceptarlo sería entrar un poco más en ese terreno incierto del que llevaba semanas intentando escapar. Pero lo hice. Y cuando llegué, él ya estaba allí, esperándome, con ese gesto nervioso que nunca antes había notado.

No hubo formalidades. Me miró y dijo:
—Tenía ganas de verte, pero no quería que fuera un encuentro… de los de siempre.
Había algo distinto en su voz. Una mezcla de cuidado y miedo, como quien camina sobre hielo fino.

Durante casi una hora hablamos de todo y de nada. Pero algo flotaba entre nosotros, invisible y denso. Me observaba con una atención que no buscaba poseer, sino comprender. Y eso, paradójicamente, era lo que más me conmovía.

Al despedirnos, me rozó la muñeca con los dedos, apenas un segundo. Un gesto ínfimo, casi accidental, pero que tuvo la fuerza de un huracán dentro de mí. No sé si lo hizo sin pensar o si fue su manera de decir todo lo que ninguno de los dos se atreve a confesar.

Esa noche no dormí. Me quedé mirando el techo, con su imagen flotando entre los recuerdos. Me pregunté si él también estaría despierto, pensando lo mismo. Me gustaría creer que sí.

Últimamente, cuando camino por las calles de Madrid, me descubro buscándolo entre la gente, como si pudiera aparecer de la nada. Y, aunque sé que no debería, me sorprende la ternura con la que pienso en él. No como cliente, no como alguien pasajero, sino como un misterio que la vida me ha puesto enfrente para probar si puedo mantenerme firme… o si estoy destinada a rendirme ante algo que no sé si debería llamar amor.

Quizá llegue el momento de decidirlo. O tal vez no.
Porque hay vínculos que no necesitan un nombre para ser intensos.
 
Vaya historia. Me ayuda o me viene mal, no lo sé. Estoy superando a mi amiga. Ya es un año. Bueno, os cuento: la mía la vi por casualidad, ya que llama la atención de cualquiera. Es de las que debes regresar a ver por respeto a tanta hermosura. Quedo con ella y, no voy a mentir, no fue en la primera cita lo que luego se comenzó a sentir. Primero lo normal por pasar un buen momento con un chica hermosa: hay feeling; poco a poco nos vamos contando en cada encuentro nuestras vidas; no sé, es algo que no me había pasado, ni a ella, me dice. Primero no le creo, ya que lo normal es que es su diálogo, pensé. Después de quedar ya unas cuatro veces, dos veces al mes, ya no era por lo carnal y, de repente, su llamada para preguntarme cómo estoy y contarme su día, lo normal. Pensé quiere que vaya para que gaste siempre. Pensé eso primero, así que no me fiaba, pero luego quedamos solo para comer, algo normal ya que nunca fue por dinero. Pijo no soy, mileurista y más nada jaja. Ella de 35 y yo de 25. Quedamos para comer un KFC y así poco a poco. Me dice "contigo es diferente no estoy alerta, bajo la guardia, me olvido de los problemas, tu me escuchas" y le digo que me pasa lo mismo con ella; me dice "no te veo como cliente; eres alguien cercano", pero no me lo creo: en mi interior, la verdad. Pasan seis meses; ya no quedamos para follar, sino para ver películas en su piso, en su habitación. Me recibía con chándal o pijama, ya que sin tanto maquillaje parecía mi novia, la verdad. Pero nunca usamos esa palabra. Le decía que me sentía mal porque le decía en lugar de estar conmigo podrías haber atendido clientes porque, la verdad, tenía muchos y pasaba conmigo todo el día y solo le daba 50€ y no me los aceptaba; decía "no es por dinero" ya que ella cobraba 150€ la hora, así que dinero tenía y tenía también sus negocios. Bueno, en fin, quedábamos en su piso para cocinar algo y comer; me contaba toda su infancia y yo a ella la mia; me daba regalos de cumpleaños de navidad y yo a ella; nos decíamos que nos queríamos pero nunca lo formalizamos; llegamos a salir así cuatro años; íbamos de viaje o paseo cerca de Madrid solos los dos, pero solo por un día porque omití que estoy casado. Ella lo sabía desde el primer día, por eso terminó las cosas. Yo era capaz de dejarlo todo por ella: la casa, el coche, la vida por ella; solo si me lo hubiera pedido. Me dijo que no me podía pedir eso porque su marido le dejó por otra en su momento y que no quería que cambie mi vida, lo que tenía seguro, por algo que podía durar dos años, cinco años o menos. Pero pensó que iba a dejar a mi mujer, se cabreó cuando compré un piso en Madrid y otro en mi país. Me dijo "no vas a dejarla nunca" y nos descubrió mi mujer y al final fui cobarde, no comencé de cero con ella y me quedé con mi mujer. Ella lloró mucho cuando nos vimos y nos despedimos y ahora la recuerdo mucho pero no la quiero llamar ni hacer más daño. Solo le dije que siempre le deseo lo mejor, que le vaya muy bien porque se lo merece; un beso en la frente y con el corazón roto. La culpa siempre fue mía. Esa es mi historia, solo puedo decir que nadie planea que sucedan las cosas se dan. Si es correcto no lo sé; solo sé que somos personas, que sentimos emociones, cometemos errores y amamos. Es la vida.
 
Son dos relatos muy hermosos. Lo que se cuenta en ambos le puede ocurrir a cualquiera. Nos llevan a pensar en la valentía de elegir. Y muchas veces nos gustaría elegir las dos opciones contrarias entre sí. Pero eso no puede ser. Estas dos historias son casi guiones de cine, o de teatro, o de novela de amor, de drama, de lo que quiera quien la escriba.
 
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