Bufff… vaya biblia he escrito… pero es que el tema lo merece y, tal y como está el panorama, quedarse callada también es una forma de aceptar lo que venga.


Y aquí va mi granito de arena… aunque, por la longitud, más que granito parece una roca entera puesta en medio del camino para que no pase el rodillo abolicionista.

Gracias por abrir este tema y por dar la cara en un momento tan delicado.

Como persona independiente en Madrid que vive de este trabajo, comparto totalmente lo que cuentas: detrás de cada caso hay una historia, una familia y muchas bocas que dependen de que podamos trabajar con un mínimo de estabilidad y sin vivir con miedo constante.
La abolición no nos protege, nos empuja a la clandestinidad.

Regular con enfoque de derechos sí podría darnos seguridad jurídica, acceso real a sanidad y herramientas efectivas para perseguir la trata, sin criminalizar a quienes elegimos este trabajo de forma consciente.
Se entiende la preocupación por la trata y la explotación, es una preocupación legítima.

Justo por eso muchas personas defendemos la regulación: si el Estado reconoce el trabajo sexual, tiene más herramientas para diferenciar a quien está explotada de quien está aquí por decisión propia y para ir de verdad contra proxenetas y redes, en lugar de contra las trabajadoras.
Los modelos que penalizan solo han conseguido desplazar la actividad a espacios más ocultos, donde baja la capacidad de control y sube el riesgo, especialmente para quienes trabajamos en esto.

Regular bien, en cambio, permite poner condiciones, inspecciones, acceso a salud y vías de denuncia sin miedo a ser sancionadas.
También conviene recordar que el cliente que busca un encuentro consensuado entre personas adultas no es un delincuente.

Los modelos que castigan al cliente han demostrado que lo que hacen es empujar todo hacia la clandestinidad, con menos garantías para todos y más vulnerabilidad para quienes ofrecemos el servicio.
Si de verdad se quiere reducir la explotación, la clave no es perseguir a quien acude a un servicio pactado, sino a las redes, los pisos coercitivos y la trata.

Y, al mismo tiempo, permitir que quienes trabajamos por cuenta propia podamos hacerlo de forma visible, regulada y con derechos.
Como persona que se dedica a esto, lo que más miedo da no es el trabajo en sí, sino que nos dejen sin opciones para hacerlo con cierta protección.

Sin regulación seguimos en un limbo donde todo el mundo gana dinero alrededor (pisos, webs, intermediarios), pero quienes estamos en primera línea seguimos sin derechos básicos ni voz real en las decisiones.
Muchas personas hemos dejado agencias o casas justamente para escapar de horarios inhumanos y condiciones abusivas y poder marcar nuestros propios límites.


Que ahora se impulse un modelo que borra nuestra capacidad de decisión y nos vuelva a empujar a la clandestinidad es un retroceso enorme para quienes apostamos por ser independientes.
Si se mira un poco fuera se ve que no hay un único modelo: hay países donde la prostitución es legal y regulada (Alemania, Holanda, Nueva Zelanda), otros donde está en un limbo parecido a España y otros donde se penaliza al cliente, como Suecia o Francia.

La cuestión no es si desaparecerá por decreto, porque no lo hace, sino qué modelo reduce más daños y reconoce más derechos.
En contextos donde se ha despenalizado y regulado mejor, se ha podido ofrecer más acceso a sanidad, asesoría legal y mecanismos de denuncia, mientras que los modelos puramente punitivos tienden a generar más clandestinidad y más dependencia de intermediarios.

